Historias de piel: El sexo de las madres

Arte y Cultura | “No te metas con mi madre”, “siendo madre me siento realizada como mujer”, “la puta madre que te parió”, “¡pobre mujer!, no puede tener hijos”, “mi madre me arruinó la vida”, “¡¿cómo que no querés ser madre?!”, “¿le vas a hacer esto a tu propia madre?”, “la viejita es sagrada”. |  Eme

“Con mi mujer hay cosas que no hago en la cama, ¡es la madre de mis hijos, che!”, “¡Qué plena te debés sentir por estar embarazada!”, “no hay como el amor de una madre”, “una madre jamás abandona a un hijo”, “yo vivo sólo para mis hijos”, “¿de verdad preferís estar lejos de tus hijos por un trabajo?“.

Expresiones como estas suelen decirse y escucharse en lo cotidiano. Nos hablan de imágenes idealizadas, omnipotentes, sacralizadas y hasta tabuizadas de la figura de “la madre”, evidenciando gran parte del significado y valor simbólico que se le adjudica en nuestra cultura a la función reproductiva de las mujeres biológicas, así como también a los cuidados primarios que se realizan sobre niños y niñas, condicionando lo que entendemos como función de maternaje.

Cabe destacar que dicho cuidado primario, más allá de si lo desempeña un hombre o una mujer, deja una fuerte impronta a nivel psíquico, neurológico y corporal en el infante, en tanto actúa en los momentos de mayor inmadurez e indefensión humana. La importancia vital de este fenómeno retroalimentaría por tanto esas valoraciones que se expresan en las representaciones idealizadas que llamamos “madre”.

El deseo de un hijo, así como las motivaciones para tenerlo y cuidarlo, son por demás complejas tanto en hombres como en mujeres. Desde dicha complejidad se podría vislumbrar una necesidad de continuidad y trascendencia, así como la transmisión de un legado material, simbólico y emocional a la nueva generación, aspectos que si bien poseen un registro biológico no dejan de estar condicionados por mandatos sociales, búsqueda de identidad, valoración y hasta estatus de acuerdo a cada época y lugar.

Psicológicamente el deseo de un hijo se manifestaría de maneras muy ambivalentes, las cuales no irían linealmente por el lado del altruismo y la felicidad como se suele creer. Es por ello que el alto porcentaje de depresiones puerperales (con la apatía y/o rechazo hacia el hijo que implican) las más de las veces intentan ser disimuladas por las mujeres a raíz de sentimientos de culpa generados tanto por sus propias creencias de lo que debe ser una “buena madre”, como por las exigencias del entorno que espera de la puérpera sólo alegría y plenitud.

La afamada antropóloga Margart Mead (1935) nos trajo hace ya muchos años en sus trabajos etnológicos, que muchos comportamientos que occidentalmente creemos naturales del ser humano no se registran en otras culturas. Así por ejemplo en los Mundugumor, uno de los grupos étnicos de Nueva Guinea estudiados por Mead, tanto mujeres como hombres manifestaban conductas desapegadas (e incluso violentas para nuestros ojos) en el contacto cotidiano con bebés y niños más grandes, descalificando las actitudes “delicadas” que desde nuestra cultura podríamos llamar “maternales”.

Es por esto y mucho más que la creencia en la maternidad como un instinto, es decir como un destino inexorable que toda mujer biológica llevaría pre-programado en sus genes, determinando su deseo de concebir y/o cuidar niños y niñas, ha venido siendo cuestionada por muchas teorías sociales, antropológicas e históricas.

Un ejemplo de estos cuestionamientos al instinto materno viene de la mano de la filósofa francesa Elizabeth Badinter (1981), quien en su libro “¿Existe el amor maternal? Historia del amor maternal. Siglos XVII al XX” nos ofrece una profunda investigación sobre cómo fue variando la consideración y valoración de los comportamientos maternos en las mujeres a raíz de factores sociales, históricos, económicos y políticos.

Así también analiza como los cambios en las maneras de concebir la infancia que se dieron a lo largo de varios siglos en Occidente, han ido condicionando la presencia o ausencia en los adultos, y en especial en las mujeres, de un interés particular hacia niños y niñas que pudiera ser concebido como “amor materno”.

Debemos considerar a su vez que las ideas que surgen de la observación de comportamientos de cuidado de la cría en especies no humanas, pueden quedar demasiado contaminadas por la antropomorfización con la que tendemos a interpretar la vida y la naturaleza en general, además de que tampoco pueden ser linealmente extrapolables cuando intentamos explicar comportamientos tan complejos y condicionados por lo cultural como son los humanos.

Es importante destacar la influencia que ha tenido el desarrollo de la fecundación tecnológicamente asistida (como por ejemplo la donación de semen, la ovodonación el útero subrogado, etcétera.) en la disociación entre progenitura y maternidad (y paternidad), ya que el origen genético y la gestación de un mismo ser humano pueden venir por el lado de dos mujeres distintas, siendo una tercera persona (mujer u hombre) quien ejerza la función de los cuidados primarios o maternaje.

Por otra parte estas técnicas no sólo rompen los lazos supuestamente “naturales” entre función erótica y función reproductiva de la sexualidad (como lo comenzó a hacer en los años 60 la píldora anticonceptiva), sino que también lo hacen entre sexualidad y heterosexualidad, en la medida que las mujeres que se vinculan afectiva y eróticamente con otras mujeres pueden acceder tanto a la progenitura como la función de maternaje sin tener que tener una relación sexual coital con un hombre.

Por lo mismo, lo cambios en el valor simbólico y social de la adopción han influido sobre la constitución de la identidad materna/paterna, al separarla de la obligatoriedad biológica y del supuesto “valor de la sangre”, aspectos que tradicionalmente han sido sobrevalorados por las clases dominantes a raíz de sus prácticas endogámicas que garantizaban la circulación y preservación del capital y la riqueza.

El masivo acceso de mujeres al mercado de trabajo, así como la resistencia de hombres y mujeres a concebir como laboralmente productivas las tareas del hogar, ha determinado en las familias de clase media y alta tanto la contratación (y a veces explotación) de otras mujeres para el cuidado de los hijos como la institucionalización precoz de estos, determinando cuestionamientos y cambios sustanciales en las formas tradicionales en que las mujeres ejercían sus roles maternos.

En tanto la cultura actual induce a creer que lo importante es el desarrollo individual en lo público para competir en la maquinaria económico-laboral-consumista, los mandatos hegemónicos han seguido catalogando lo doméstico-privado como una actividad no redituable y por tanto de escaso atractivo para cualquiera, en tanto el riesgo estaría en quedar “al margen” de la mencionada maquinaria productiva, la cual exige cada vez más dedicación ya que necesita que se consuma más y más para poder existir como “necesaria”

Así muchas mujeres que trabajan fuera del hogar, en acatamiento a los mandatos de la docilizada “feminidad” inventada por el Patriarcado, verán como algo “normal” someterse a dobles jornadas laborales (invisibilizadas como tal), ya sea ejerciendo directamente las tareas domésticas y de cuidado o supervisando a esas otras mujeres que contratan para tal menester.

Todo esto podría representar un aditivo más para enlentecer el acceso a la necesaria valoración simbólica, social y productiva de las tareas domésticas y de cuidados (y de las situaciones de explotación que esta sub valoración genera y naturaliza) así como de la atención parental temprana e íntima que cada vez más hombres ejercen, aspectos tan importantes para instalar una verdadera conciencia y práctica de equidad que ofrezca alternativas más plausibles a “escala humana” de lo que sería considerado “desarrollo”

Por otra parte, el aumento de mujeres que se atreven a decir públicamente que no desean tener hijos, ciertos cambios en los estereotipos de género e ideas binarias y dicotómicas sobre la diferencia sexuada hombre-mujer, el deseo de hijos por parte de personas trans (travestis, transexuales y transgéneros), de personas sin pareja, y de parejas del mismo sexo, así como un debate menos hipócrita sobre la frecuencia de la interrupción voluntaria del embarazo y cambios en las masculinidades de hombres que ejercen su paternidad desde un cuidado cercano e íntimo, nos ofrece hoy por hoy un panorama complejo que nos desafía a repensar lo que entendemos por maternidad y paternidad, conduciendo el replanteamiento desde una concepción idealizada sobre el rol materno, hacia ideas más generales referentes la atención dedicada y amorosa que un infante requiere más allá de si quien la realiza es o no una mujer, descentrando a esta última de la maternidad como exclusiva o principal forma de construir su identidad.

La infancia desde una mirada histórica
La historia de la infancia nos muestra que la idea de algo esencial llamado “niño” no estuvo siempre presente. Cuanto más atrás en el tiempo nos vamos, más se evidencia que niños y niñas estaban expuestos a muertes violentas, golpes, prácticas crueles y abandonos (De Mause, 1982). No se los consideraba especiales por tener cuerpos pequeños, ni evocaban sentimientos específicos de protección y cuidado. El niño como hoy lo conocemos se podría decir que “no existía”.

En el S. XVIII aparece en Occidente la familia moderna. Una nueva forma de agrupación humana que como las anteriores se hará cargo de gestionar las formas de residencia y descendencia, así como las de parentesco. Es de esta familia moderna que devendrá el arreglo familiar que llamamos “nuclear”, ese que en general se piensa como natural y a-histórico“ (padre, madre e hijos), cuando en realidad su origen fue producto de cambios sociales, económicos y políticos que trajo aparejada la Revolución Industrial.

Según el historiador Philipe Ariés (1987) el niño moderno tal cual hoy lo conocemos, ese sobre quien recae una concepción moral de inocencia y que evoca sentimientos específicos por concebirlo “niño”, aparece recién en el S XVIII en el contexto de la familia moderna.

Se trata de un nuevo sujeto, especial, en desarrollo, concebido como diferente a los adultos. Alguien que requiere cuidados y protección por su fragilidad. Paralelamente se le adscriben cualidades de inmadurez e inocencia, construyéndolo como un ser dócil, de fácil adoctrinamiento a través de la educación. Dicha modalidad educativa se encargará de “formar” a ese ser aún no desarrollado, con el objetivo de preservarlo de los peligros de la sexualidad adulta y forjarle un provechoso futuro en donde pueda continuar con los ideales familiares burgueses.

El niño se torna así en un bien preciado, algo en lo que vale la pena invertir. En las familias acaudaladas será el centro de la casa, una promesa para la continuación del abolengo. En familias menos pudientes será mano de obra barata.

Paralelamente a la invención del niño, en la familia moderna van tomando forma nuevas configuraciones subjetivas también para la mujer. La “instintivamente” amorosa y abnegada madre, así como la devota y sumisa esposa, son inventadas para ocupar posiciones inferiores que garanticen la concentración de poder en la figura del hombre como padre de familia.

No es casualidad que la invención del niño moderno vaya de la mano con la creación de instituciones de adiestramiento y encierro (Ariés, op. cit.) tales como la escuela y la cárcel, las cuales vendrían a moldear las ahora inmaduras e inocentes mentes. De esta manera se lograba formar tempranamente personas “adaptadas”, complementando así el trabajo del “jefe de familia”, a través de quién el Estado y la religión oficial inoculaban su ideología en la intimidad de los hogares.

Como vemos el niño moderno nace protegido en el seno del afectuoso hogar, pero a la vez es capturado por todo un disciplinamiento que coartaría una especial “libertad” que vivía en siglos anteriores, épocas en las cuales no se le prestaba una atención especial ya que aún no era “un niño”.

Pero ¿Cómo era su vida antes del S. XVIII? Según Elizabeth Badinter (op. cit.) se registran aspectos ambiguos y contradictorios en las representaciones sociales sobre la cría humana.

En el Imperio Romano un niño nacía a la verdadera vida (es decir, si se era ciudadano), cuando a través de un ritual el padre lo recogía del suelo reconociéndolo como su hijo en el contexto de la ley del Pater Familia. Si esto no ocurría, era arrojado al abismo desde un barranco.

Como vemos ese ser nacido no estaba vivo por un acto biológico, sino por una declaración paterna. El mero hecho de estar vivo y ser pequeño, aparentemente no despertaba entre los romanos de la época sentimientos de preservación y protección que evitaran el infanticidio. Su posibilidad de permanecer vivo no estaba dada por “ser un niño”, sino por el valor político expresado en el reconocimiento del padre (ciudadano libre del imperio)

Rastros de estas tradiciones romanas las encontramos hoy en día en el acto de “dar un nombre” al recién nacido (aspecto básico para la identidad y la vida civil), así como en el ritual cristiano del bautismo y en el reconocimiento paterno a través del apellido. Recordemos que hasta no hace mucho tiempo atrás un “bastardo” era considerado un ciudadano (y hasta una persona) de segunda categoría, alguien que no tenía una “vida” social digna.

En la Edad Media el niño era visto como un adulto pequeño. Eran épocas de hambruna, enfermedades, guerras y pensamiento mágico-religioso, en la cual los seres indefensos tenían pocas chances de ser considerados. Debía por tanto pasar de bebé a adulto en cuanto pudiera valerse por sí mismo. El niño no era “el niño”, no existía una cosmovisión para considerarlo como tal, sino que era visto como un ser sin identidad propia, como algo que “aún no es” (un adulto).

Por influencia de teólogos e intelectuales de la época, antes del S XVIII el niño también fue visto como un ser demoníaco. Observando sus impulsos “aún no culturizados” concluían que se trataba de seres “instintivos”, “bestiales”, muy alejados de los ideales que debía portar todo ser humano que se preciara de tal. La infancia representaba los impulsos irracionales propios del pecado, de lo cual había que liberarse a través de castigos corporales como forma de adoctrinamiento.

En otros momentos de la historia aparece la idea del niño como molestia. Un nacimiento era recibido como una carga por la educación, el cuidado y costos económicos que implicaba. Fue la época en que se popularizó la entrega de niños a nodrizas para que fueran criados. Cuanto más pobre la familia, más amenaza para la supervivencia constituía la llegada de una nueva boca que alimentar. Por esta razón eran muy comunes los abandonos de niños en puertas de hogares y conventos, así como el infanticidio. Aún en familias pobres los niños eran entregados a nodrizas de mala calidad (pero de bajos costos) que vivían muy alejadas de la casa familiar, haciendo que la familia pasara largos períodos sin ver el hijo.

Nuevamente, no existía una idea de “niño”, de un ser que por su especificidad “hiciera nacer” sentimientos de alegría y ternura al momento de su llegada. Por lo mismo, tampoco se tenía por natural que la mujer que lo había gestado y ocupaba la posición de madre lo amamantara, era demasiada molestia.

En la sociedad occidental antigua entonces, el niño no era tenido como un ser especial dentro de la familia, de hecho se socializaba y recibía afecto por fuera de ella. Era rápidamente separado de sus padres y la educación la recibía de otros adultos, circulando libremente por los espacios públicos. Por tanto no había ocasión ni interés en desarrollar vínculos afectivos dentro de la familia, haciendo que no hubiera una sensibilidad especial para con “esos seres”. Además la mortalidad infantil era muy alta, por lo que no resultaba muy seductor apegarse a un ser que tal vez no sobreviviera.

Sin embargo Ariés (op. cit.) plantea que sí aparecía algún sentimiento especial para con esos “cuerpos pequeños” antes del Siglo XVIII, algo así como un “mimoseo”, dice el autor. Dicha manifestación afectiva no era provocada por la ternura (que en nuestra época inspiraría un ser pequeño e indefenso), sino por considerarlo algo gracioso, un juguete humano pequeño que hacía gestos y movimientos jocosos. Este aspecto de alguna manera representaba un sentimiento específico para con el niño, una sensibilidad que podría hablar de una consideración especial. Sin embargo, vistos como “juguetes graciosos”, en realidad no eran considerados verdaderas personas.

El ser para otro como capital afectivo
A partir de esta breve genealogía de la infancia, si bien no se elimina el debate en torno a aspectos filogenéticos y biológicos del comportamiento materno en las mujeres biológicas sustentado en la modalidad dicotómica de análisis que contrapone naturaleza y cultura, sí es posible pensar que la maternidad tal cual hoy la concebimos e idealizamos como encarnación de bondadosa abnegación, no haya sido en gran medida una construcción social de la Modernidad. El objetivo habría sido definir a las mujeres a partir de un “necesario” confinamiento en el ámbito doméstico a causa de su aparente debilidad y desprotección, en donde aprenderían a desarrollar y “romantizar” (1) su “natural condición” femenina de sometimiento y subordinación al poder patriarcal.

Ocupadas y absortas en los cuidados de la prole, el esposo y la casa, habrían sido colocadas y mantenidas por fuera de los ámbitos públicos y de las decisiones que allí se toman, asumiendo como natural una relación de dependencia hacia un “jefe” de familia que oficiaba de protector, proveedor y nexo con el mundo exterior, y que les ofrecía además un lugar de respetabilidad como “esposa de” dentro de la moral social imperante en sectores medios y altos.

Al designarle a las mujeres el papel de progenitoras y cuidadoras primarias de los nuevos ciudadanos, ellas también quedarían colocadas en el lugar de reproductoras de la ideología dominante a partir de su acción moldeadora sobre el cuerpo del infante, momento de la vida en que el ser humano es más permeable a la acción formativa. A través del contacto educativo íntimo y cotidiano con niños y niñas, se esperaba además que se mimetizara con ellos y ellas, produciendo una feminidad infantilizada y por tanto aún más dominable.

Para garantizar el acatamiento e incluso el orgulloso beneplácito de muchas mujeres a esta forma de sometimiento, se construyó y naturalizó toda una mística idealizadora en torno a la maternidad y a la figura de la madre. Se construyeron discursos que fabricaban subjetividades de mujer en las cuales la maternidad se constituía en algo esencial de sus identidades y sus cuerpos, condicionando la economía y destinos de la libido de aquellas que se sometían a esta manera hegemónica de concebir el amor y lo materno.

A su vez, desde ese lugar materno se les reconoció a las mujeres ciertas cuotas de poder, en tanto tenían injerencia directa sobre la materia prima que conformaría los nuevos posibles dirigentes del mundo. Pese a ello dicho poder, además de ser “concedido” estratégicamente por otros, quedaría circunscripto a los márgenes del hogar, limitando el reconocimiento y trascendencia pública y política que pudiera tener.

Un ejemplo de ello es que la figura de la madre no representa culturalmente la encarnación de la “autoridad”, como sí lo sigue haciendo “el padre”. A su vez se sabe que el trabajo del ama de casa aporta un porcentaje considerable a la economía de un país, pero en la medida en que no es remunerado, dicho aporte de las mujeres se desvitaliza e invisibiliza como trabajo concreto al ser visto como un tema de los afectos y lo doméstico, y que supuestamente nada tendría que ver con la política “verdadera” y el mundo del trabajo, el que se vive en lo público.

La violencia simbólica que operaría desde este sistema familiar y la figura de la madre, intentaría convencer a las mujeres de su abnegación y de su no necesidad de concentrar poder público o competir con otros, ya que el verdadero reconocimiento y “remuneración” de las labores de cuidado están en el afecto que obtiene de su familia. En ese sentido habrían aprendido a creer que su auténtico capital está en lo amadas y necesitadas que logran ser, evidenciando la exitosa acción de un mecanismo de dominación que la psicoanalista Ana María Fernández (1993) llama “la afectivización de la subordinación”

Pero aún por fuera del “masculino” mundo público y político, este poder materno y doméstico sí ha logrado hacerse sentir en su fuerza coercitivamente moldeadora, especialmente en los vínculos y en las emociones de quienes están bajo sus cuidados y atención. Si el principal capital de esa madre es lo afectivo, deberá por tanto supervisar sus tesoros más valiosos y asegurarse no sólo que la quieran, sino que también la necesiten, provocando dependencia en quienes viven en sus dominios domésticos como forma de asegurarse una irreal compañía eterna (2), así como lograr una supuesta felicidad accediendo una posición valorable en el mundo en tanto que madre.

En nuestra cultura androcéntrica la mujer y lo femenino han sido definidos desde la carencia, como aquello a lo que “le falta algo”, “lo otro” de lo fálico-masculino, constituyéndose en ese “segundo sexo” del que hablara Simone de Beauvoir (1949). Así las mujeres sólo podían contentarse con un poder por delegación si tenían un hombre al lado en calidad de marido, ese que las investía de valor fálico y las rescataba de su “natural carencia-castración”, en la medida en que las constituía en una de sus posesiones, las “tomaba” como esposa, las convertía en “su” mujer.

Si las mujeres aprendieron a verse como las que “no tienen” realmente algo (tutelándolas cuan niñas y manteniéndolas al margen del poder público y económico), y si desde el discurso oficial se las valoró y enalteció por “tener” hijos y constituirse en madre, es evidente que muchas mujeres terminaran sintiendo que sus auténticas “posesiones” son los hijos, ya que serían lo que realmente tienen o viven como propio. Esos hijos que les permitirían sentir que poseen algo que les pertenece desde su propio cuerpo y subjetividad, y que su valor ya no pasa exclusivamente por ser la posesión de un hombre.

Al tener a su exclusivo cargo el cuidado de niños, viejos y enfermos, lograría concentrar poder sobre la vida y cuerpos de estos en nombre de su dedicada atención. Atención que por ser vista como femeninamente amorosa, muchas veces ha logrado camuflar la violencia que también las mujeres ejercen desde esa identidad materna. Si bien la educación feminizante que han recibido las ha adoctrinado para reprimir la rabia, la agresividad y la violencia (afectos reservados a los hombres), debiendo volcarlas masoquistamente sobre ellas mismas y sus propios cuerpos a través de síntomas físicos y angustia, es posible que mucha de la energía hostil que fueran obligadas a reprimir también se volcara de formas directas o indirectas en el vínculo con los hijos y el resto de la familia.

Este capital afectivo y este particular poder que garantiza la anuencia de las mujeres a una “dulce” subordinación no consciente, ha sido inoculado en ellas para hacerles creer que esta es su única y válida manera de encontrar “un lugar en el mundo”. Esto sería, entre otros, uno de las factores que permite comprender las dificultades que se encuentran para intervenir en un sistema de pareja y familiar violento, en tanto dicha violencia no sólo encontraría su origen y sustento en la acción directa y aislada del violentador, sino que el mismo lograría encontrar asidero en la víctima en tanto esta actúa “aguantando” ya que no se ve en condiciones de perder, renunciar y hacer el duelo por un proyecto de familia que ante una situación de violencia evidentemente está fallando.

Por todo esto se debía mantener felices a las mujeres con su “naturaleza” femeninamente afectiva y doméstica, esa misma que supuestamente las mantenía “a salvo” de los horrores violentos del mundo público que su esposo les relataba cuando llegaba del trabajo. Pensemos sino en los relatos sobre el “ser mujer” que aparecían y siguen apareciendo en la publicidad. Ahí se muestra a mujeres “contentas” y “liberadas” por el nuevo electrodoméstico, el nuevo producto de limpieza o la sonrisa de su esposo e hijos ante la rica comida que preparó para ellos (3)

La invención de la madre moderna fue una exitosa táctica del sistema androcéntrico que cuajó rápidamente en la revolución industrial, al constituirse la casa familiar en torno a la fábrica, y con ella el afianzamiento de los valores burgueses y sexistas de la familia nuclear.

Por eso, como se decía, con la salida masiva de mujeres al mercado laboral, las condiciones sociales y económicas de producción comenzaron a cambiar, poniendo en entredicho la exclusividad obligatoria de la familia nuclear heterosexual y generando cuestionamientos sobre la supuesta “naturalidad” de los roles tradicionales de hombre y mujer, entre ellos la maternidad.

Aún así, y a pesar de todos los cambios socio-económicos, los ideales maternos y de constitución de una familia (como principal función de realización para las mujeres), continúan presentes con espectacular vigencia.

La publicidad sigue apuntando a mujeres cuando se refiere al cuidado de niños. Muchas continúan teniendo hijos para ocupar un lugar medianamente valorado dentro de las relaciones de poder. Solo las niñas siguen recibiendo juegos y juguetes que apuntan a entrenar sus funciones domésticas y maternas (cocinitas, muñecas, etc.). Siguen siendo “mal miradas” aquellas mujeres biológicas que no desean tener hijos. Muchas viven la doble jornada entre el trabajo remunerado y el trabajo doméstico, materno y conyugal no remunerado. Las profesiones e instituciones que se dedican a niños y cuidados de personas siguen siendo superpobladas por mujeres, como extensión en el ámbito público de las tareas de maternaje.

Mamá: Modelo para armar
Podría entonces decirse que el éxito de la construcción de la maternidad moderna para el control de las mujeres, estuvo en el hecho de enclaustrarlas en una casa, mantenerlas ocupadas y distraídas (entre embarazos y atención de la prole) de las cuestiones públicas, hacerlas depender afectiva y económicamente de un hombre en valor de posesión de este último (ser “la mujer de…”) y convencerlas de que ese era el gran y único objetivo en sus vidas como mujeres.

Si bien los modelos de familias y prácticas tradicionales van cambiando, los ideales y valores simbólicos en relación a estos mandatos de género continuarían intactos, aunque complejizados con las nuevas exigencias que enfrentan muchas mujeres.

Ahora bien, ¿cuáles serían aquellas piezas necesarias para armar una subjetividad de mujer que sea funcional al modelo de madre moderna?

En principio se necesita la creencia en una diferencia radical y opuesta entre los sexos, para que las funciones de cuidado de niños y el hogar corresponda “naturalmente” solo a las mujeres.

Para ello es necesario un fuerte entrenamiento desde el nacimiento, sin olvidar inyectar el mandato de que una mujer solo se constituye en tal a través de la institución heterosexual y sexista que reproduce las relaciones asimétricas entre hombres y mujeres.

Así se va constituyendo otra pieza de este modelo como es la docilidad y la dulzura. Ideales maternos propios del estereotipo femenino, conformando lo que la psicoanalista argentina Mabel Burin (1990) llama “la tranquilidad recetada”. Recetar “tranquilidad” es un aspecto central para que una persona acepte la dominación y la reproduzca.

La abnegación y el altruismo son otras de las piezas necesarias para entrenar una subjetividad de mujer (y un entorno socio-cultural que lo sustente) funcional a este modelo materno. Una madre nunca piensa en ella, piensa solo en el bienestar de los demás, se brinda por entero, “da la vida”, olvidándose de sí misma…. ¿Será por esto que se registran altos índices de depresión y consumo de psicofármacos entre las mujeres? ¿Será por eso que nos cuesta visibilizar formas de violencia de las mujeres hacia hijos y parejas, por creer que ellas son la representación de la empatía y que por tanto sólo pueden ocupar lugares de víctimas ante las relaciones de opresión?

Desde esta “madre abnegada” se configura la vivencia de un “ser para el otro” (Fernandez, op. cit.) y por el otro, y en base a eso la madre es “feliz” por los éxitos de su esposo y el de sus hijos, pero no por los propios, ya que “su éxito” es la felicidad y estabilidad de su familia. Por esta razón, muchas madres viven el “síndrome de culpa crónico” cada vez que hacen algo que exclusivamente las beneficia a ellas, como por ejemplo salir a bailar con amigos, o incluso hacer un curso y/o trabajar fuera de la casa.

¿Y qué ganaría una mujer con tanta sumisión y abnegación? Si ella es la “ama de casa”, la limitada parcela de poder que se le adjudicó en lo doméstico, la haría sentir que esos son sus dominios, y que su “reinado” pasaría por el amor que genera en los demás con sus cuidados. El ya aludido “capital afectivo” es un valor que muchas madres atesoran ya que las hace sentir dignas y les permite incidir y tener la posibilidad de generar dependencia en la vida de aquellos a quienes cuida (4)

Este aspecto muchas veces es fuente de conflictos cuando sus hijos crecen y ya no la necesitan, por lo que dicho capital afectivo y la abnegación de tantos años dejan de tener el mismo sentido, haciendo que la mujer se enfrente a la crisis de tener que resignar un proyecto de vida que había sido construido principalmente en torno al ser la madre siempre necesitada según el modelo moderno.

Y la pieza central para el armado de este modelo pasaría por la sexualidad. Aludir a las prácticas sexuales o a los genitales de la madre es usado como forma de insulto. Al parecer nada en torno a lo erótico debe ser asociado con el ser madre. La madre es asexuada, las “otras” mujeres no. Por eso los esposos pueden tener con estas últimas “otras” prácticas sexuales, que no se permiten con “la madre de sus hijos”

Cuando alguien dice “soy esposa y madre, pero también mujer”, ¿qué está queriendo decir?, ¿acaso una madre no es también una mujer?

La alusión al erotismo expresada en la palabra “mujer”, estaría indicando que la madre moderna se ha construido en torno a la expulsión de sí de todo rastro de erotismo. El culto religioso más influyente en Occidente, a través de su principal deidad femenina, sintetiza los valores virginales y de abnegación con los cuales se ha inventado a la madre moderna.

En este sentido la disociación entre madre y puta ha constituido una forma más de control social sobre las mujeres, en tanto ha limitado a las madres en la expresión de su sexualidad (para usarlas en la reproducción de la ideología dominante) y ha estigmatizado a aquellas que disfrutan del erotismo (usándolas para el placer sexual de otros).

Sexos diversos de las madres
Lo que habitualmente se llama en Psicoanálisis “función materna”, se refiere a las funciones de cuidados primarios e íntimos que se ejercen sobre la descendencia. Pero en lo absoluto representa una función exclusiva de las mujeres biológicas, por lo que se podría concluir que el sexo de las madres no es necesariamente mujer.

La función materna puede ser ejercida por cualquier persona más allá de su sexo, su identidad de género o su orientación sexual, así como también admite diferentes modalidades válidas a la hora de ser puesta en práctica.

Las llamadas “nuevas” familias son un claro ejemplo de la diversidad de personas (y modalidades) que pueden desempeñar dicha función materna, la cual (según muestran muchas investigaciones) si es ejercida con dedicación, responsabilidad y afecto, redundará en beneficio para la salud y calidad de vida del infante.

 

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