Para nosotros, los varones nacidos en los sesenta y los setenta, las mujeres eran un misterio, o un mito, o un problema. De chiquitos nos habían enseñado que había que respetarlas, una aclaración extraña porque sin pensarlo demasiado nos dábamos cuenta de que quizá no había que respetarlas tanto, o había que respetar a algunas, las respetables, las que valía la pena respetar. Y las demás, las mujeres de por ahí, las desconocidas que andaban por la calle, y las que parecían no tener eso que se llamaba “pudor” podían ser tratadas de otra forma, de cualquier forma a lo mejor. Y así crecimos.

Recuerdo discusiones con amigos sobre si las mujeres que hacían tal o cual cosa eran putas o no eran putas. Y me costaba defender mi débil posición porque cuando me arrinconaban con argumentos numéricos: tres novios, diez novios, veinte novios, treinta… al final debía ceder y conceder que esa mujer quizá, al final, era un poco puta. La ignorancia y la inmadurez de toda una sociedad, la maldad, lo que después supimos que se llamaba patriarcado era lo normal. Las mamás de mis amigos, las que no estaban en su casa porque trabajaban, eran raras, y esas familias no eran del todo normales. Las mujeres eran la aguja que marcaba la balanza de lo normal. Los padres, los varones grandes, siempre podían ser cualquier cosa, borrachos, vagos, mujeriegos, locos o violentos; y eso no era una variable a tener en cuenta. El varón era siempre normal, salvo que fuese puto, marica o mariposón (en aquellos años no conocíamos la palabra gay). O sea, el varón estaba bien, siempre que no se pareciera en nada a una mujer.

Una vez, en quinto de la secundaria, año 1980, un señor que nos daba una materia extracurricular que era algo así como “la moral y la juventud”, nos trajo la discusión sobre el aborto. Discutimos en el aula y recuerdo que las chicas estuvieron en contra de abortar más que los varones. Entiendo ahora que su antiabortismo adolescente más que una reflexión profunda sobre el tema era una manera de cuidar su “honra” y su “decencia”. Todavía tengo fresco en la memoria cómo sonaba esa palabra que nuestras madres pronunciaban en voz muy baja para que no la conociéramos de tan horrible que era: aborto. Algo monstruoso que sólo podía ser admisible si iba acompañado por la palabra “espontáneo”. Igual que pasa con las marchas cuando las mide el periodismo gorila.

El tema del aborto me complicaba muchísimo cuando aparecía en alguna conversación, porque siempre venía acompañado por la sombra del asesinato de un niño, la cancelación de una vida, lo terrible de tomar los hombres una decisión en contra de la voluntad de Dios. Bueno. Tardé muchos años en darme cuenta de que si los hombres pudiéramos quedar embarazados, el aborto sería tan controvertible como afeitarse la barba. A nadie le pedimos permiso para afeitarnos, ni siquiera lo pensamos, no es legal ni ilegal, es nuestra barba, nuestra decisión, y la cortamos o la dejamos crecer. Y hasta hay varones que se hacen barba candado para que vayamos sabiendo cómo piensan antes de conocerlos. Digo yo.

Este potente y miserable mito del varón que controla y domina, en los peores casos termina con una mujer asesinada por ser mujer y por no permitir que el varón la someta. Pero ni cuando eso ocurre nos quedamos callados y respetamos. Salen los varones buenos –que serían los que no matan- a explicar qué pasa, cómo pasa, por qué pasa y a quién le pasa. Y me gustaría pedirles a mis varones que cierren la boca por una vez, que dan vergüenza, que no entendemos a las mujeres porque no somos mujeres, y que de lo que no entendemos es mejor no hablar. Porque cuando ocurre un femicidio nunca nos da miedo, sencillamente porque a nosotros no nos puede pasar. Nos podrá horrorizar, nos podrá indignar, nos puede entristecer o darnos bronca, pero nunca vamos a poder imaginarnos qué es vivir entre tipos. Tipos, algunos aburridos, algunos inútiles, algunos lindos, algunos raros, algunos idiotas, algunos buenos y algunos capaces de matarte. Pero todos ellos con la potencialidad física para matarte. Sin embargo a mis varones les cuesta pensar en esto, y no matan, pero no colaboran y se convierten en los idiotas de la lista anterior.

La época no ayuda para nada, es claro. Los degenerados que nos gobiernan detestan a las personas, por lo tanto hacen todo lo posible para que la miseria y la desgracia se alcen sobre nosotros y nosotras en todo su esplendor. Les da lo mismo que nos matemos o no, aunque sospecho que la muerte los entusiasma más que la vida. De manera que no tiene sentido reclamarles nada que nos haga bien. Eso nos lo tenemos que reclamar entre nosotros y nosotras, hacernos bien, hacer todo lo posible para comprendernos, hacer silencio para escuchar.

Entre tantos males que nos asedian y nos ocupan está el de explicar. En los medios los “editoriales” son furor, todos los días, todos los comunicadores editorializan, o sea que hablan, explican, analizan, cuentan, pormenorizan, anecdotizan, no sé si existe esa palabra pero ya estoy editorializando yo también. Hablan y los demás escuchamos sin hablar. Todos los días, explicando lo que ya todos sabemos o imaginábamos, y en esa inercia de los sustantivos y los verbos no pueden evitar caer en el laberinto al que condenan a los periodistas deportivos cuando les abren el micrófono cuatro horas antes del partido. No quiero ponerme odioso con los editoriales, pero dudo de que haya tanto conocimiento para comunicar de lunes a viernes, varias veces al día. Y esta pasión rutinaria que puede ser solamente aburridora, cuando pretende abarcar el tema de una nena asesinada puede volverse peligrosa y fea.

A los varones nos encanta explicar cómo se hacen las cosas, yo lo hago hasta que Marina me dice que la corte de una vez. Y está bien que nos digan que la cortemos, que no sabemos más que nadie y que no sabemos más que ellas. Las mujeres, y por eso los varones les tuvieron miedo y las persiguieron y las mataron, son y fueron brujas, la jabru que está en casa. La bruja que es mala, pero la bruja es mala porque sabe lo que yo no sé.

Por eso, por todo esto que me animé a contar, es que nos pido a los varones que nos callemos la boca cuando son las mujeres las que tienen cosas para decirnos. Porque en cada femicidio hay una mujer que ya no habla más. Y pensemos en lo satisfactorio que nos resulta a veces que la mujer se calle. Y volvamos a pensar que en cada femicidio hay una mujer que ya no habla más. Por esto, que es grave, mejor hagamos silencio de varones y escuchemos.

Por Carlos Barragán

PAGINA 12

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *