Mientras el país se paraliza frente al Mundial e idolatra a futbolistas nacidos en clubes de barrio, la Argentina vuelve a recortar el presupuesto al deporte destinado a la infraestructura deportiva que sostiene esos espacios. El problema no es emocionarnos con nuestros campeones. El problema es emocionarnos con los resultados mientras abandonamos a quienes los hicieron posibles.
Por Emiliano Ojea

Cada Mundial transforma a la Argentina. Las calles se vacían. Los horarios se reorganizan. Las familias se juntan alrededor de una pantalla. En muchos barrios, el club vuelve a ser punto de encuentro: el proyector, las mesas largas, la parrilla encendida, chicos corriendo con camisetas de la Selección y generaciones enteras abrazadas por una misma emoción.

Hay pocos momentos donde la identidad colectiva argentina aparece con tanta fuerza. El deporte nos une. Y, sin embargo, en medio de esa celebración, hay una pregunta que casi nunca nos hacemos. ¿Dónde nacieron realmente esos futbolistas que hoy admiramos?

No nacieron en TikTok. No nacieron en Europa. No nacieron en academias privadas de élite. Porque antes de jugar en Europa, antes de transpirar la camiseta de la Selección y antes de las grandes transferencias, hubo otra camiseta: la del club de barrio.

Argentina no produce campeones solamente con talento. Los produce en una comunidad. Los produce con clubes que abren todos los días, aun cuando no llegan a cubrir los gastos. Con entrenadores que trabajan muchas veces por compromiso más que por salario. Con familias que venden rifas para sostener viajes, botines o cuotas. Con dirigentes que mantienen instituciones enteras con enorme esfuerzo. Y, sin embargo, cuando vemos a esos campeones levantar una copa, muchas veces no vemos todo lo que hubo detrás.

El deporte argentino no nace en una oficina. Nace en los clubes de barrio, esos que viven a fuerza de pasión y son un sentimiento incomparable. Y eso excede al fútbol. Porque esos clubes no solamente forman deportistas. Forman vínculos, hábitos, identidad, pertenencia y comunidad. Son uno de los últimos espacios de integración social real que todavía sobreviven en la Argentina y lo hacen hace más de 100 años.

Pero mientras el país vuelve a emocionarse con jugadores formados en esas instituciones, el Gobierno Nacional acaba de recortar una parte central del presupuesto destinado a infraestructura deportiva. La contradicción es brutal: celebramos el origen de nuestros campeones mientras desfinanciamos los lugares donde ese origen se produce.

Los recortes recientes representan cientos de miles de millones de pesos, que podrían haber significado nuevos estadios multideportivos, vestuarios con agua caliente, mejoras de canchas de los clubes, espacios seguros para entrenar y acceso al deporte para miles de chicos y chicas.

Con esos 237 mil millones que recortaron, podrían haberse construido cerca de 200 polideportivos con canchas de 40 x 20. También podrían haberse sostenido programas de desarrollo deportivo, infraestructura estratégica y hasta haber apoyado selecciones enteras que hoy deben autofinanciarse para representar al país.

El problema no afecta solamente a los clubes donde nacen los futuros campeones. También alcanza a deportistas argentinos que hoy, en este mismo momento, están representando a Argentina en competencias internacionales mientras deben sostenerse prácticamente solos.

En los últimos días volvieron a verse escenas que el deporte argentino ya empezó a naturalizar demasiado: atletas pidiendo ayuda en redes sociales para poder competir, familias organizando campañas para financiar viajes y federaciones que deben suspender eventos internacionales por falta de apoyo.

La fondista Micaela Levaggi, una de las principales representantes argentinas del atletismo, expuso públicamente las dificultades económicas para sostener su carrera deportiva. La Federación Argentina de Tenis de Mesa, por su parte, tuvo que suspender un torneo internacional por falta de financiamiento.

Son apenas algunos ejemplos de una realidad mucho más profunda. Porque mientras el país celebra a sus campeones durante el Mundial, cientos de deportistas argentinos siguen entrenando todos los días sin saber si van a poder viajar, competir o continuar sus carreras. Nos emocionamos con la medalla, pero dejamos solos a quienes intentan alcanzarla.

Argentina construyó una cultura de admiración por el milagro deportivo. Mientras celebramos al campeón que “salió de abajo” y nos emocionamos con el sacrificio que hizo ese pibe, naturalizamos que las familias tengan que resolver lo que el Estado no sostiene y convertimos la precariedad en épica.

Ningún país puede construir una política deportiva seria dependiendo eternamente del milagro. Porque incluso los milagros necesitan estructura. Necesitan clubes. Necesitan profesores. Necesitan infraestructura. Necesitan comunidad. Necesitan inversión sostenida para llevar adelante una planificación estratégica.

El Mundial vuelve visible el origen comunitario del deporte argentino, y sus figuras no nacen solamente del talento individual, nacen de una red comunitaria que todavía resiste: los Clubes de Barrio.

Por eso el problema no es emocionarnos con nuestros campeones. El problema es emocionarnos con los resultados mientras abandonamos el sistema que los hizo posibles.

Porque cuando termine el Mundial, cuando se apaguen las pantallas y volvamos a la rutina, los clubes de barrio van a seguir ahí, haciendo lo imposible y dándolo todo por sus socios.

La camiseta más importante del deporte argentino puede ser la de la Selección. Pero para llegar a ponerse la celeste y blanca, antes hubo otra camiseta: la del club de barrio por la que millones de chicos transpiraron por primera vez.

Defendamos a nuestros deportistas y a los clubes de barrio siempre, no solamente cuando llega un campeón. Porque ningún campeón nace solo.

  • Coordinador Ejecutivo del Observatorio del Deporte Metropolitano de la UMET.

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