Sería un error para La Libertad Avanza extrapolar para Argentina lo que ayer sucedió en Brasil.

Rodrigo Lloret

Las encuestas volvieron a equivocarse en Brasil. Pocas horas antes de esta sorpresiva derrota del PT, Datafolha le daba a Lula tres puntos de ventaja y Quaest anunciaba un triunfo por un punto. Pero Flávio Bolsonaro se impuso con alrededor del 47% contra el 45% del presidente, y sólo el voto del nordeste, siempre ultralulista, evitó que la elección se definiera en primera vuelta. No es una anomalía: en los últimos tres primeros turnos, el candidato antipetista siempre superó lo que anticipaban los sondeos.

Lula prometió por la noche que estaba convencido de ganar en la segunda vuelta. Anticipó que es un experto en el “mata mata”. Y recordó que lo mismo le había ocurrido frente a Alckmin y frente a Serra. Lo que no dijo Lula es que la aritmética del balotaje le juega en contra. Los candidatos que quedaron en el camino suman poco, cerca del 7,6%, pero casi todos provienen del centro y la derecha, y sus votantes se inclinan en una proporción de 70 a 30 en favor de Flávio. Solo un frente amplio contra Bolsonaro podría revertir el favoritismo del senador. Con el Partido Liberal convertido además en la primera fuerza del Congreso, Lula necesita en tres semanas lo que no supo construir en cuatro años: una coalición que exceda a su propio partido.

En Argentina, la celebración del oficialismo fue inmediata. Javier Milei fue de los primeros mandatarios en felicitar a Flávio, a quien le atribuyó una “histórica elección ante el comunista de Lula”, y le dio al resultado un alcance continental. No fue un gesto improvisado: en julio viajó a San Pablo para la convención que oficializó la candidatura, sin pasar por Brasilia. Bolsonaro le devolvió el gesto al votar en Río, con un “¡Viva la libertad, carajo!” y un elogio a la economía argentina. La sintonía es total.

Horas antes de la votación, Agustín Laje ofreció en PERFIL la versión doctrinaria de esa afinidad. Su argumento es programático: mano dura contra el PCC y el Comando Vermelho, a los que Lula se resistió a calificar como terroristas, inspirada en el modelo salvadoreño. Y un coctel de motosierra y batalla cultural: reducción de ministerios, baja de impuestos y privatizaciones, una agenda antiprogresista y la denuncia de lo que llama una “dictadura judicial” brasileña. En sus columna titulad “Por qué gana Flávio”, Laje concluía pidiendo una derrota de Lula para fortalecer la relación bilateral con la Argentina libertaria. Es la lectura que el mileísmo hace hoy de Brasil.

Miembro de la Academia Brasileña de Letras y uno de los analistas políticos más influyentes de Brasil, Merval Pereira describió el mismo domingo una elección entre dos alternativas que no representaban ningún cambio. Lula tiene 80 años y busca su cuarto mandato, y el desgaste del PT es también el de una incapacidad: en dos décadas nunca consolidó un sucesor capaz de ganar sin él. Dilma terminó destituida y Haddad derrotado en 2018. Es curiosa la historia de Lula: es el principal político de las últimas décadas de Brasil, que lideró una transformación social histórica para la mayoría de la población pero que no pudo delegar su protagonismo.

Curiosamente, es la misma encerrona en la que se encuentra el kirchnerismo, donde Cristina Fernández jamás transfirió su rol preponderante: Daniel Scioli, primero, pero sobre todo Alberto Fernández, después, demuestran el problema de fondo que experimenta el espacio creado hace dos décadas por Néstor Kirchner. Ni siquiera Máximo puede hacer lo que ahora hace en Brasil el hijo de Bolsonaro.

Por eso Flávio gana más por lo que no es que por lo que es. Hasta el PT lo consideraba el rival ideal porque no es carismático y arrastra las sospechas de las “rachadinhas” en la Legislatura de Río —una práctica de corrupción en la que un legislador contrata asesores o empleados con fondos públicos y les exige devolverle una parte de su sueldo—y las denuncias de la compra de una mansión en Brasilia con dinero en efectivo y sin declarar. Como tampoco tiene gran oratoria y parece no ser convincente, sus asesores le recomendaron eludir el primer debate presidencial. Es un candidato limitado, cuyo principal capital es ser opositor a Lula. Por eso se apuró anoche en decretar “el fin de la era del PT”.

Porque lo que Bolsonaro representa, a diferencia de lo que ocurre en la oposición en Argentina, es un cansancio contra el PT, no contra la marcha de la economía. Y es ahí donde reside la paradoja: Brasil no votó en crisis, el desempleo está en 5,3%, el nivel más bajo de la serie histórica, y la economía creció 3,4% en 2024 y 2,3% en 2025, con una inflación en caída. El gobierno de Milei, en cambio, ofrece un espejo invertido: el crecimiento que evidencian los sectores energéticos no se traduce en el resto de la sociedad. Sería un error para La Libertad Avanza extrapolar para Argentina lo que ayer sucedió en Brasil.
PERFIL

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *