A lo largo del litoral argentino, un rasgo común distingue a los altares del Gauchito Gil: la presencia predominante del color rojo en banderas, cintas y ofrendas. Esta regularidad visual, fácilmente verificable, trasciende lo decorativo y cumple una función identitaria dentro del fenómeno devocional.
Desde la antropología simbólica, los colores actúan como condensadores de sentido. En este caso, diversos estudios coinciden en que el rojo constituye un rasgo distintivo del culto, aunque sus significados no responden a una interpretación única ni uniforme entre los devotos.
Relevamientos de santuarios realizados entre 2000 y 2024 muestran una alta recurrencia del rojo como elemento dominante. Los análisis cualitativos sugieren asociaciones reiteradas con la sangre derramada en la muerte del Gauchito y con nociones amplias de sacrificio y protección, mientras que las lecturas de carácter político aparecen de forma más difusa y no sistemática.
En este sentido, el uso del rojo opera como un marcador identitario estructural del culto, vinculado principalmente al relato fundacional y a una memoria simbólica compartida, más que a una referencia política histórica verificable.