En octubre de 2022, un canje de prisioneros entre EE.UU. y Venezuela combinó geopolítica de alto nivel con justicia penal de una manera insólita. La operación, ejecutada en el aeropuerto de San Vicente y las Granadinas, involucró a los famosos “Narcosobrinos” de Cilia Flores y a siete estadounidenses, incluyendo a los “Citgo 6”. Entre los liberados apareció un nombre que descolocó a los cronistas deportivos: el lanzador de las Grandes Ligas Daniel Ponce de León.
Ponce de León, con raíces venezolanas y experiencia en equipos como los Tigres de Detroit, fue detenido en Venezuela bajo una acusación severa: conspiración para asesinar al presidente Nicolás Maduro. Su arresto se produjo bajo un manto de opacidad mediática, convirtiendo al atleta en una pieza de ajedrez en la negociación bilateral, lejos de los diamantes de béisbol y encerrado en una celda estatal.
El intercambio liberó a los sobrinos de la primera dama, quienes cumplían condena en Nueva York por narcotráfico, a cambio de los ciudadanos estadounidenses. El caso del lanzador añadió una capa de urgencia y extrañeza al acuerdo, recordando episodios de “diplomacia del ping-pong” pero con el béisbol y el narcotráfico como telón de fondo.
Tras su liberación, Ponce de León fue trasladado a EE.UU. Su caso queda como un recordatorio de que en la crisis venezolana, cualquier persona, incluso una figura del deporte profesional, puede terminar convertida en moneda de cambio en la tensa relación entre Washington y Caracas.