Mamá estimula: El efecto pigmalión (o cómo las expectativas condicionan la conducta de nuestros hijos)

Etiquetar a los chicos, incluso en un sentido positivo, puede traer consigo consecuencias muy negativas para ellos. Sea que lo hagamos poniéndoles la vara muy alta y generarles inseguridad por no alcanzar unas expectativas semejantes,  o demostrándoles nuestra falta de confianza, haciéndoles sentir que no podrán, y por ende, para qué intentarlo, las etiquetas los afectan.

Querer a un hijo no es lo mismo que creer en él. Uno puede querer mucho a su hijo y sin embargo no tener confianza en sus cualidades y en sus posibilidades de logros futuros. Transmitirle esa falta de confianza puede ser el origen de problemas de autoestima en el niño quien, convencido de sus pocas chances de triunfo, fracase antes de intentarlo, reconfirmándonos en nuestra profecía autocumplida.

Por el contrario, depositar un exceso de confianza en él o hacer de sus logros el foco de nuestros halagos y orgullo, puede ponerle un peso demasiado grande para sus pequeños hombros así como centrarnos demasiado en el resultado en lugar de en el esfuerzo. También puede tener consecuencias no deseadas en el desarrollo de su autoconfianza y resiliencia.

¿Cómo saber hasta dónde es aliento y cuándo empieza a ser presión? o ¿cuándo es una fe ciega que nos impide ver que realmente no puede? Antes que nada tenemos que tener siempre presente que nuestras palabras no sólo tienen efecto sobre la sensibilidad de nuestros hijos, sino sobre el resultado mismo de sus acciones.

Desde el instante mismo en que nos convertimos en padres nos es imposible no depositar en nuestros hijos todos nuestros sueños, deseos y, por qué no también, “ambiciones”. 

Si hemos de ser sinceros, y ante cada gesto, mirada, o palabra que dicen, ahí estamos con nuestra lupa invisible intentando ver qué cualidades, talentos, virtudes o defectos está empezando a demostrarnos día a día, quizá con un deseo inconsciente de adivinar su futuro.

Lo curioso es que esta actitud no carece de consecuencias, sino por el contrario puede ser más el preludio que el epílogo del cuento. Y es que el modo en que aún a veces sin quererlo “etiquetamos” a nuestros niños, alimenta una profecía autocumplida que actúa en ambos sentidos: para bien y para mal, pero por sobre todo, tiene hondo impacto en la autoestima y autoconfianza que el depositario de las mismas podrá desarrollar.

Los seres humanos tenemos la tendencia a actuar acorde a las etiquetas que se nos ponen. Algo así como que cuando en un grupo nos consideran “el chistoso”, solemos hacer más bromas de lo habitual. Es una tendencia natural que ha sido profundamente analizada por los psicólogos desde los años 60, cuando célebre Robert Rosenthal describiera el “efecto Pigmalión” a partir de una investigación en la cual demostró que los alumnos de profesores que los creían más capaces que al resto, terminaban teniendo mejores calificaciones aunque no hubiese sido cierto en primer lugar que tuviesen mayor capacidad.

Es decir, la mirada del adulto terminaba condicionando el resultado, en ese sentido positivo. Porque los docentes, al creer (inducidos erróneamente para el experimento) que esos determinados alumnos tenían capacidades especiales, confiaban más desde el arranque en que esos chicos en particular llegarían lejos y por ende, les bridaban sin proponérselo, mayor atención y apoyo, mayor contacto visual, mejores explicaciones y hasta eran más indulgentes con sus errores o fracasos.

Las expectativas (falsas en ese caso) de los docentes terminaban viéndose confirmadas en los resultados académicos de dichos que al final del período no sólo habían acabado sacando mejores notas que le resto de sus compañeros con iguales capacidades sino que habían mejorado notoriamente su desempeño en las siguientes pruebas de inteligencia. Sin embargo, hay indicios de que a diferencia del estudio de Rosenthal, las expectativas son transmitidas a los chicos (en lugar de existir sólo en la mente del adulto), éstos pueden llegar a mostrar una baja performance, ya sea porque el miedo a no satisfacer unas expectativas tan altas los hace preferir evitar riesgos y elegir desafíos menores o por alentar una actitud demasiado pasiva frente a la adversidad por creer que “querer es poder” y confiar así en la obtención de resultados positivos sin mayor esfuerzo.

En definitiva, una cosa es clara y es que si las expectativas que depositamos en otros, influyen y mucho en sus resultados.

¿Qué podemos hacer?

Lo primero es evitar etiquetarlos que su desarrollo no se dé en función de nuestras expectativas en lugar de en función de sus verdaderos intereses y habilidades y para ello, un buen inicio es centrar nuestra mirada en lo positivo, en lugar de en aquello que creemos les falta.

Hace poco leí un “chiste” en el que los padres recibían las calificaciones de su hijo y veían que le estaba yendo muy bien en música y muy mal en matemáticas. Los padres se miraban y decían “tenemos que hacer algo” y acto seguido, compraban una guitarra. Ese, quizá, sea el primer esfuerzo que debamos hacer como padres, entender que en cada niño que falla en matemáticas puede estar el germen del próximo Mozart.

Ayudarlos a reconocer sus emociones es tan importante como darles ánimo para que sepan que no todas las batallas se ganan y aprendan a manejar la frustración de las que pierdan. No importa el coeficiente intelectual que tengamos, una cosa es segura y es que a lo largo de la vida indefectiblemente sufrirán fracasos y será la forma en que les enseñamos a procesarlos y a aprender de sus propios errores lo que determinará en gran medida si serán capaces de superarlos.

Pero por sobre todas las cosas, antes que nada, como señala la psicóloga española María Jesús Álava Reyes, debemos confiar en nuestros hijos y transmitirles dicha confianza, haciéndoles saber que los creemos capaces, aun cuando no tengamos certeza de que lo serán, porque sólo así quizá lleguemos a sorprendernos de lo que puedan lograr.

Que entiendan que nuestro amor es incondicional, pero nuestra confianza también porque no se basa en los resultados que logren, sino en el proceso de aprendizaje y el esfuerzo puesto en ello. Valorarlos por lo que son y no por lo que hacen o logran hacer, porque en definitiva, vale mucho más la superación de obstáculos, el esmero y la capacidad de sobreponerse a la adversidad e intentar de nuevo, que la buena nota obtenida en un examen o el gol que quizá metió de casualidad.

En definitiva, entender que no se trata de una quimera o una cursilería sino una determinación científicamente probada, aquello de que “detrás de un niño que confía en sí mismo hay unos padres que confiaron en él primero”.

 

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