En el núcleo de la devoción a Antonio Gil se sitúa un episodio narrativo ampliamente difundido: su muerte violenta por degüello. La tradición oral relata que, antes de morir, Gil pidió a su ejecutor que rezara por él y le advirtió sobre la enfermedad grave de su hijo; al cumplirse la promesa, el niño habría sanado, dando origen al primer favor atribuido a su intercesión. Este relato funciona como núcleo fundacional del culto.
La literatura sobre religiosidad popular señala que las muertes violentas percibidas como injustas suelen activar procesos de sacralización social. Si bien no existen registros judiciales o militares que documenten esta ejecución, el degüello era una práctica conocida en el contexto de las guerras civiles del siglo XIX, lo que otorga verosimilitud histórica al escenario, aunque no al hecho concreto.
El análisis de relatos orales, registros periodísticos y prácticas rituales desde mediados del siglo XX muestra una notable estabilidad del núcleo narrativo: ejecución, diálogo final y curación atribuida. Este primer favor cumple una función estructural, transformando una muerte violenta en un relato de poder simbólico y estableciendo una relación directa entre promesa y retribución.
Así, aunque no exista evidencia empírica que permita verificar la ejecución y el milagro como hechos históricos comprobables, el relato se consolidó como eje legitimador del culto, articulando categorías culturales como martirio, injusticia y recompensa espiritual.