«Si no es un día feliz, que sea de esperanza, fuerza y voluntad».

Por Marcos Damián González | Lo que dignifica a la persona es el trabajo, todo lo demás es bijouterie. Ninguna persona en su sano juicio puede optar por la desocupación. Ergo, el saludo de hoy abraza absolutamente a todos y a todas. Cuando un trabajador se queda sin trabajo, no deja de ser un trabajador. Si no es un día feliz, que sea de esperanza, fuerza y voluntad.

En la imagen de ilustración: Mujeres del Cordobazo, Argentina, 1969.

Comparto la razón del sentimiento de orgullo que tienen los que pueden hoy en día producir y generar riquezas. Coincido en el valor del trabajo y en su esencia para el crecimiento de la persona, y consecuentemente también para el desarrollo sustentable de una sociedad. Sólo disiento cuando los escucho o leo desde un pedestal juzgar a quienes están casual o causalmente desocupados. En muchos casos subconscientemente esta desconsideración se debe al objetivo ciego de desprestigiar adversarios políticos, afectar su gestión y finanzas hasta debilitar o deponer gobiernos. Pero no tengo intención de debatir, juzgar ni justificar esta conducta, sólo menciono el porqué de esta reivindicación.

En Argentina hay un sector de la sociedad a los que llaman peyorativamente «los planeros». Esto debido a su condición de beneficiarios de planes sociales, programas o prestaciones de la seguridad social. Para el que está en el pedestal de la producción o la riqueza —no siempre están ligadas—, el planero es un vago (que carece de oficio, o que tiene poca disposición para hacer algo que requiere esfuerzo o constituye una obligación, especialmente trabajar) y esto le genera repulsión por dos motivos: porque recibe ayuda económica del Estado «presuntamente» sin trabajar, sin producir; y porque los planes, programas y prestaciones mencionados están concebidos en la Argentina casi en su totalidad por gestiones del peronismo, ideología política notoriamente distante a los del pedestal.

Cuando digo «presuntamente» sin trabajar, cabe mencionar que muchas personas trabajan en negro. Carecer de un recibo de sueldo o ganar una miseria no implica que su trabajo sea menos digno. El Estado mismo emplea personas sin registrar debidamente y en condiciones de absoluta precariedad. Una de las primeras publicaciones de este día fue la foto de los recolectores de residuos domiciliarios, que se toman hoy su merecido descanso. El Municipio tiene allí a cientos de goyanos trabajando sin obra social, aportes jubilatorios ni remuneración digna (como lo había prometido el intendente en su campaña). ¿Para qué mencionar a las empresas que cambian de firmas cada tanto para evadir al fisco? Y sus empleados no tienen precisamente un mejor pasar que los no registrados del Estado. Todavía queda otra porción social, no minoritaria, que hace trabajos eventuales y de corto plazo, una actividad conocida popularmente como «changa»; puede ser cortar pasto, pintar casas, jardinería, mandados, entre otras.

Para compensar la innegable desventaja de oportunidades que tienen estos últimos, es que surgen los subsidios del Estado. Siento desmitificar el discurso propagandístico del neoliberalismo que insinúa que los planes sociales se crearon «para mantener vagos» o para conservar demagógicamente el voto cautivo de los pobres.

De hecho cuando el Estado Argentino asume la responsabilidad de resolver estas desventajas durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón, los subsidios aparecen estrechamente junto a becas de estudio, programas de intercambio, cursos de especialización y perfeccionamiento, congresos científicos, contribuciones especiales y la promoción del uso de patentes industriales. ¿Les parece en serio que pretendía fomentar la vagancia y socavar la cultura del trabajo?

También vale aclarar que los planes, programas o ayuda económica del Estado no son un invento del peronismo ni tampoco surgen en la Argentina. El principio de subsidiariedad tiene sus raíces teóricas en la Doctrina Social de la Iglesia Católica, y lo podemos encontrar desde la primera encíclica del Papa León XIII, Rerum novarum, que surge en 1891 de un contexto de crisis social en Europa. Tal es así que siento nuevamente desmitificar a los capitalistas que insinúan que «mantener vagos» es una costumbre de los países subdesarrollados; porque la subsidiariedad es uno de los principios sobre los que se sustenta la Unión Europea, según quedó establecido por el Tratado de Maastricht, firmado el 7 de febrero de 1992 y después conocido como Tratado de la Unión Europea.

Por otro lado quiero reivindicar el trabajo que realizan las mujeres, no distinto ni diferente al que realizamos los hombres, pero que sin embargo mayoritariamente sigue siendo remunerado de forma desigual. No quise hacerlo antes pero siento la necesidad de reivindicar hoy el trabajo y el profesionalismo de mi compañera Verónica Bassi. Hace poco más de un mes, ofendido por una publicación que realizamos en este mismo portal sobre su viaje de vacaciones por segunda vez en el año, el 8 de marzo a los Estados Unidos, el intendente Ignacio Osella salió públicamente a decir que los medios de la oposición mentimos, aunque nunca explicó cuál fue la mentira. En ese discurso mencionó con nombre y apellido a dos propietarios de medios de comunicación, Ariel Pereira (que está preso porque lo intentaron callar a través de una detención arbitraria hasta el hartazgo) y yo. Pero a una tercera persona, una mujer, nombró como «la hija del Profesor Bassi». De no ser por esto, quizás no hubiera mencionado más el tema. Pero quiero que sepan —sobre todo los de pedestal, acostumbrados a gobernar desde el patriarcado— dos cosas: primero, que todas las mujeres tienen nombre y apellido, identidad, individualidad, libertad de pensamiento y acción, independientemente de quién fuera su padre, madre, hermanos, o parientes; segundo, que ningunear a una mujer de ese modo, es una actitud que no permitimos más y no vamos a dejar pasar.

Este último tema se relaciona con el primero porque hoy también las mujeres en Argentina son blanco de epítetos desdeñosos cuando se jubilan sin haber aportado, cuando reciben la AUH «por haberse embarazado» —porque paradójicamente todavía para los del pedestal, el embarazo sigue siendo una responsabilidad unilateral—, cuando dejan de estudiar y «se quedan en sus casas para criar hijos». Esto último especialmente es lo que repara el Estado, reconociendo cuánto han hecho y cuán poco les hemos pagado. Para que quede claro, trabajo también es criar hijos, trabajar la tierra, sembrar y cosechar, más todo lo que debieron hacer nuestras madres y abuelas, que no pudieron —porque no es que no hayan querido— hacer otra cosa. Ojalá las que ya no estén, puedan ver desde algún lugar cuánto han progresado hoy en su lucha. Ojalá puedan ver a las mujeres que pilotean aviones, gobiernan, hacen justicia, legislan, curan, procuran y promueven derechos, enseñan, van al espacio, diseñan tecnologías, escriben noticias, comercian, y mucho más.

Por último y volviendo al principio, saludo con especial consideración a los trabajadores que están sin trabajo. Reitero el deseo: Si este no es un día feliz, que sea de esperanza, fuerza y voluntad.

 

«Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas» (Rodolfo Walsh).

 

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