La escena del nacimiento de Jesús no es un detalle menor ni un recurso poético agregado con el paso del tiempo. El pesebre es un dato central del Evangelio y una clave de lectura para comprender tanto el corazón del mensaje cristiano como su vigencia en la realidad global actual. Allí, en la precariedad más absoluta, Dios decide entrar en la historia.
UN NACIMIENTO QUE ROMPE EXPECTATIVAS
Jesús nace en Belén, pero no en un palacio ni en una casa acomodada. Nace en un pesebre, un lugar destinado a los animales, porque «no había lugar para ellos en la posada» (Lc 2,7). Este dato no es anecdótico. Desde el comienzo, el Evangelio muestra que Dios no elige los espacios del poder, del prestigio o de la seguridad, sino los márgenes.
Para un creyente, este gesto revela una opción clara: Dios se hace cercano desde abajo, desde la fragilidad. El pesebre expresa que la salvación no llega por la fuerza ni por la imposición, sino por la humildad y la cercanía. Jesús no se presenta como un conquistador, sino como un niño indefenso que necesita ser cuidado.
LA HUMILDAD COMO LENGUAJE DE DIOS
El pesebre habla un lenguaje que el mundo suele despreciar. En una cultura que asocia valor con éxito, visibilidad y acumulación, Dios elige la pequeñez. Cuando logro no alejarme demasiado, suelo recordar que este gesto no es solo espiritual, sino profundamente humano y social.
Jesús nace pobre para decirnos que ningún ser humano es descartable. El lugar de su nacimiento interpela directamente a nuestras jerarquías: ¿a quiénes dejamos afuera?, ¿quiénes hoy «no tienen lugar en la posada»? Pobres, tercera edad, pobladores del campo e islas, niños sin oportunidades, diversidades sexuales y de género, migrantes, pueblos enteros golpeados por la guerra o el hambre encuentran en el pesebre un espejo de su propia realidad.
UN MENSAJE INCÓMODO PARA EL PODER
El pesebre también es un mensaje incómodo. No tranquiliza conciencias ni legitima sistemas injustos. Al contrario, cuestiona. Jesús no nace en Roma ni en Jerusalén, centros del poder político y religioso de su tiempo. Nace en la periferia, lejos de las decisiones que organizaban el mundo conocido.
Esto tiene consecuencias hoy. En un contexto global marcado por la concentración de la riqueza, la desigualdad estructural y la lógica del descarte, el pesebre sigue siendo una denuncia silenciosa. Nos recuerda que Dios no se identifica con los poderosos de turno, sino con los últimos.
ACTUALIDAD DE UN SIGNO SENCILLO
A más de dos mil años, el pesebre conserva una fuerza sorprendente. Frente a un mundo atravesado por conflictos armados, crisis climática y tensiones sociales, el nacimiento de Jesús propone otro camino: el de la cercanía, el cuidado y la responsabilidad compartida.
Veo en el pesebre una pedagogía para nuestro tiempo. Nos enseña que la verdadera grandeza no pasa por dominar, sino por servir; que la paz no se construye desde la imposición, sino desde el reconocimiento del otro; que la esperanza no nace del exceso, sino de lo esencial.
UNA INVITACIÓN PARA HOY
El pesebre no es solo una escena para contemplar en Navidad. Es una invitación permanente a revisar nuestras prioridades personales y colectivas. Nos pregunta qué lugar damos a la dignidad humana en nuestras decisiones políticas, económicas y culturales.
Jesús nació en un pesebre para que nadie pueda decir que Dios le queda lejos. Ese gesto, sencillo y radical, sigue siendo una luz para un mundo que, muchas veces, parece haber perdido el rumbo. Allí, en la fragilidad, comienza una esperanza que no defrauda.