El astro, a una semana de disputar su sexto Mundial con la Selección.
Lionel Messi no tiene ninguna necesidad de jugar la Copa del Mundo. A punto de cumplir 39 años, su potencia mundial como futbolista y como emblema sigue siendo incomparable (acaso la más poderosa de todos los tiempos), sus objetivos deportivos se terminaron de cumplir el 18 de diciembre de 2022, un minuto después de haberse consagrado campeón del mundo con la Selección Argentina y su fortuna personal lo ha convertido desde hace mucho en una de las quince personas más ricas del nuestro país. Messi ya le dio a nuestro fútbol lo máximo que le podía dar. Nada más se le puede pedir.
Sin embargo, ahí esta el capitán de los campeones del mundo, bajo el inclemente sol del verano estadounidense, poniéndose a punto para jugar su sexto Mundial, el último de su carrera única. Sólo por amor al fútbol y por su compromiso con los colores. ¿Llega bien a la máxima competencia? ¿Que versión le puede ofrecer al equipo? ¿Desde donde y cómo podrá ser determinante? Sólo él y nadie más que él, lo sabe.
Hace rato que Messi viene reemplazando la frescura perdida de sus piernas con una excepcional autogestión de los tiempos y los ritmos de juego que le permite anticipar donde y cuando debe acelerar y donde y cuando pisar el freno. Según datos oficiales de la FIFA, en la final de 2022 ante Francia, recorrió 12,10 km y el 49% de esa distancia lo hizo a un velocidad bajísima: apenas 7 kilómetros. Lo que no fue obstáculo para que marcara dos goles (el primero de penal) y participara de la jugada que desembocó en el tanto de Angel Di María. O sea, Messi no necesita correr al mismo ritmo de sus compañeros para resultar determinante. Si hace tres años y medio fue así, ahora no hay razón para que suceda la contrario.
Conocedor como pocos de lo que su físico le demanda, Messi regulará esfuerzos todo el tiempo. Máxime teniendo en cuenta que la mayoría de los partidos habrán de jugarse con temperaturas muy elevadas. Y que afrontará un nivel de oposición muy superior al que tiene en la MLS estadounidense. Si se toman en cuenta sus últimos partidos en Inter Miami, es muy posible que se mueva en los treinta metros finales de la cancha, como un mediapunta por detrás de Julián Alvarez o Lautaro Martínez. Pero si los partidos se complican y la pelota no le llega o los rivales se meten demasiado atrás, se retrasará para armar juego desde la media cancha. Y activará la potencia que le vaya quedando sólo si es estrictamente imprescindible.
En el mejor de los mundos, lo ideal sería que el técnico Lionel Scaloni lo preserve y Messi vaya al banco y juegue la última media hora de los partidos. Sería intimidante para los rivales saber que si se le presenta un problema, la Argentina tiene a Messi en el banco para resolverlo. Pero el orgullo de los supercracks es tan grande que quieren estar siempre. Y Leo, como antes Maradona, no es la excepción. La última palabra la tendrá él. El país futbolero sólo será testigo de esa decisión.