Por Sandra Russo
Vamos a duelar al Indio, incluso sin pensar en eso, o pensando con las entrañas. Su muerte parió un reencuentro social, poético, político, urgente, desmedido como el dolor que atravesamos en este país, y nos toca hacer algo con eso. Del cielo no cae maná sin un propósito. Y en América Latina, cuando la política está revuelta, las respuestas las da la cultura popular. Por eso el fascismo la odia.
El reencuentro que se produjo fue incluso más allá del millón de personas que lo despidieron bajo la lluvia. Fue más grande que lo televisable, más profundo que lo visible. Su muerte fue conmocionante, en una dimensión cósmica, creo. Porque el llanto y la risa al mismo tiempo son elixires de las pasiones alegres, y estamos desesperadamente sedientos de volver a la vida.
Somos un laboratorio que los chorros que nos gobiernan le han vendido a Estados Unidos, país al que admiran en su máxima degradación. A la Argentina la desprecian. Pero también somos un laboratorio de experiencias resistentes, inspirados, sí Milei, en los diferentes modos de colectivismo que mamamos por un lado de los pueblos que estaban aquí y nos precedieron, y por el otro de los socialistas y anarquistas que llegaron con las oleadas inmigratorias y que dejaron semillas en el pensamiento nacional.
En este momento, en todas partes, hay polos que antagonizan, veamos Perú. Se terminó la buena onda albertofernandista. Hace falta el combate político y discursivo, y hace falta levantarle el ánimo a los que ya no dan más.
El adiós al Indio nos mandó a muchos al agradecimiento intenso. Al agradecimiento al que te dio una mano cuando estabas en el piso y nadie te miraba. Al agradecimiento del que pudo parar de tomar o de darse, porque alguien que quería y respetaba se lo decía de onda, con amor, con experiencia. El agradecimiento es constitutivo del pueblo. A veces lo funda. “Esto es familia”, fue como una letanía. Es una clave.
En esas sincronías inesperadas, una de las frases que más se colaron en los funerales del Indio fue “Cristina libre”. Las cosas van de la mano. Esta semana se cumplieron 70 años de los fusilamientos de José León Suárez, y un año desde que los tres trajes de la Corte Suprema dejaron firme sentencia con expediente cerrado porque su interior contenía podredumbre.
El martes, Cristina recibió el agradecimiento de los que no olvidan que en este país son muy pocos los que le han dicho que no al verdadero Poder. Y el Poder en este país, desde Macri, es mafioso. Quienes queremos a Cristina libre somos todos los que hace años vemos cómo hay jueces y fiscales y una Corte que no cumplen con su deber constitucional. Somos todos los que tenemos ojos y oídos y olfato y dos dedos de frente, y olemos lo podrido que se puso todo desde que esta región y sus gobiernos progresistas estuvieron muy cerca de lograr la multipolaridad geopolítica.
Retomando, la muerte del Indio lo que hizo fue hacer visible un latido colectivo que ni se extinguió ni se extinguirá, porque hace cincuenta años que viene ampliándose generación tras generación, en el silencio público, en las periferias, ahí donde el poder real quiere meter peste. La necesidad de “la familia”, en los términos populares: comunidad. La comunión colectiva. Lo trascendente.
El Indio queda en miles de espíritus desolados que descansaron en él. En el recuerdo de noches difíciles. Tan vivo como el nacimiento de los hijos. Millones de historias individuales son, en un mismo y maravilloso movimiento, una sola historia que es argentina. A veces olvidamos, desde el campo popular, hablarles a las personas, a los individuos, como si el individualismo neoliberal fuera lo mismo. El colectivo que se defiende está integrado por individuos libres de organizarse para su beneficio recíproco.
Hoy está clarísimo que hace una década comenzaron a generar monstruos artificiales en las cabezas de millones de imbéciles. Que la estrategia fue dejar a los dirigentes populares estampados a través del lawfare como “chorros”, para abrirle la puerta un plan de robo sistemático de una dimensión mucho más grande y que puede ser peor que la de la primera colonización. Puede extinguirnos.
Los libertarios, los macristas, los radicales y los peronistas que le votaron leyes de despojo al esperpento son tan responsables como Adorni. Nadie apoyó está locura sin llevarse tu tajada. Por eso son una mayoría repugnante, a la que se le opone la argentinidad majestuosamente humana que expresaban tanto el Indio como el Diego.
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