La industria textil argentina se encuentra hoy en un punto de quiebre. Lo que comenzó como un retroceso cíclico se ha transformado, según los referentes del sector, en una «tormenta perfecta». Priscilla Makari, directora ejecutiva de la Fundación Pro Tejer, expuso la cruda realidad que se vive detrás de las persianas bajas: una capacidad instalada trabajando a solo el 30 por ciento y un horizonte de incertidumbre para miles de familias que dependen del tejido fabril.
El impacto no es uniforme, pero es profundamente federal. Provincias como Corrientes, La Rioja, Catamarca y Tucumán, donde la industria textil constituye una pieza fundamental del engranaje económico local, son las que mayor fragilidad muestran ante el desplome de la demanda. «Pensar que una industria con más de 100 años puede reconvertirse de la noche a la mañana, pasando de ser obrero textil a minero, resulta extraño», sentenció Makari en diálogo con una emisora capitalina, cuestionando la simplificación oficial ante la crisis de los puestos de trabajo.
Para la Fundación Pro Tejer, el problema trasciende la coyuntura y se instala en el debate sobre qué país queremos. La advertencia es tajante: si la Argentina se limita a exportar recursos naturales sin transformar su materia prima, se condena a un esquema de pobreza estructural y desigualdad que, a largo plazo, termina por erosionar la capacidad del Estado para sostener pilares básicos como la educación y la salud pública.
EL MAPA DE LA CRISIS
El sector textil no camina solo en este sendero de dificultades. La contracción del mercado interno y la pérdida de poder adquisitivo -con salarios y jubilaciones que acumulan una caída real frente a la inflación- han configurado un panorama sombrío para diversos sectores de la manufactura nacional.
Las cifras que hoy sacuden a la industria textil (con un acumulado histórico de 540.000 empleos perdidos en los últimos años) encuentran eco en otros sectores estratégicos:
Industria metalúrgica: al igual que el textil, el sector metalúrgico, motor de la maquinaria agrícola y de bienes de capital, reporta una baja del 25 por ciento en su actividad en el primer semestre, con empresas que han reducido turnos o suspendido personal ante la falta de pedidos.
Calzado y marroquinería: este rubro atraviesa una situación casi espejo al textil, donde la competencia de productos importados sin controles ha desplazado a la producción local, provocando la reducción de planteles en polos industriales clave.
Construcción: el cese de la obra pública y la retracción de la inversión privada han generado un efecto dominó que arrastra consigo a fabricantes de insumos, ladrilleras y empresas de servicios vinculadas, sumando otras miles de bajas en la nómina de trabajadores registrados.
La constante en este contexto es la asfixia del mercado interno, que deja a las pymes -las mayores empleadoras del país- sin oxígeno para sostener sus estructuras frente a una presión impositiva que no cede y una demanda que, ante la crisis inflacionaria, ha dejado de priorizar el consumo de productos nacionales.
¿Por qué es difícil de «reconvertir»?
Como bien señalaba Priscilla Makari, el sector textil es una industria de procesos encadenados y alta especialización. La dificultad de pasar, por ejemplo, a la minería o a otro rubro, radica en varios puntos críticos:
Capital humano específico: el conocimiento técnico (tejeduría, tintorería, moldería) no es trasladable a otras industrias. Son años de formación técnica.
Maquinaria dedicada: los telares y máquinas de coser industriales tienen una utilidad única. No pueden ser adaptadas para la extracción de minerales o servicios logísticos.
- Logística y cadena de valor: la industria textil está integrada en un ecosistema que incluye diseñadores, productores de insumos químicos, proveedores de fibras y comercializadores. Romper este eslabón implica desmantelar una red regional compleja.
El dilema del valor agregado
Más allá de la coyuntura, la Fundación Pro Tejer plantea un debate de fondo sobre el modelo de país. Makari fue contundente al señalar que el riesgo es «concreto y estructural»: un país que se limita a exportar recursos naturales sin agregar valor termina condenándose a la pobreza y a la incapacidad de financiar pilares básicos como la educación.
Con salarios y jubilaciones que continúan perdiendo la batalla frente a la inflación, el mercado interno muestra signos de agotamiento total. Para la industria textil, la conclusión es clara: si el modelo económico actual se sostiene a largo plazo, el futuro del sector nacional se torna una incógnita de supervivencia.