La foto que devuelve el último Monitor de Opinión Pública de Zentrix Consultora es brutal por lo clara. No habla de consumo, de inversión o de crecimiento. Habla de subsistencia. Seis de cada diez argentinos se endeudaron en los últimos seis meses y, de ellos, el 76% lo hizo para comer, curarse y pagar la luz.
El dato desnuda una mutación profunda en el sentido del crédito en la Argentina. Históricamente, endeudarse era un puente hacia algo: la casa, el auto, el emprendimiento. Hoy es un parche para llegar a fin de mes. Cuando el 55,6% pide plata para alimentos y salud, y otro 20,4% para tarifas, no estamos frente a un problema financiero, sino frente a una emergencia social.
Y esa emergencia tiene nombre, clase y edad. El 70,2% de la clase baja debió financiarse y el 87,6% de ese mismo sector se queda sin sueldo antes del día 20. En los jóvenes de 18 a 39 años, el 83,3% no llega a la tercera semana. No es un dato más. Es la constatación de que el sistema expulsa a los que debería integrar: los que empiezan a trabajar y los que menos tienen.
Porque cuando el 86,6% de la clase baja necesita dos o más empleos para intentar llegar a fin de mes y aún así debe pedir prestado, el discurso del esfuerzo personal se vuelve una consigna vacía. No hay horas en el día que alcancen si el salario no alcanza.
Lo más grave es que esta realidad convive con una fractura entre la estadística y la experiencia. Que el 65,8% de la gente sienta que la inflación del INDEC no refleja lo que paga en el supermercado no es un capricho ni una conspiración. Es la distancia entre el promedio técnico y el changuito real. Que el 81,2% crea que su sueldo pierde contra los precios, incluso el 61,2% de quienes votaron al oficialismo en 2025, debería ser una alerta para toda la dirigencia.
La consultora aporta una clave para entender esa aparente contradicción: para una parte del electorado oficialista, el desfasaje es un “costo transitorio”, una apuesta a futuro. Es una esperanza que merece respeto. Pero la esperanza no puede ser la única política económica. La paciencia social no es infinita y se mide en días: día 5, día 15, día 20, el día que se acaba la plata.
El informe muestra dos economías paralelas. Una personal, que mejoró levemente de 27,2% a 29,8% de aprobación, aferrada a micro victorias cotidianas. Y otra nacional, que el 59,4% califica como mala o muy mala, y que en la clase baja llega al 75%. Esa brecha entre lo micro y lo macro es el terreno donde germina el desencanto.
No se sale de esto discutiendo si el crédito es bueno o malo. El problema no es que la gente se endeude. El problema es para qué se endeuda. Ningún país puede construir futuro si su población financia en cuotas el pan, el ibuprofeno y la boleta de luz.
La prioridad, entonces, no puede ser solo ordenar los números. Es ordenar la vida. Que el salario vuelva a ser salario y no un anticipo que se evapora el día 12. Que el crédito vuelva a ser una herramienta de progreso y no el respirador artificial de la clase media y baja.
Porque una sociedad donde el sueldo se acaba el día 15 y la heladera se llena en 12 cuotas no está ajustándose. Está sobreviviendo.
El problema no es que la gente se endeude. El problema es para qué se endeuda. Ningún país puede construir futuro si su población financia en cuotas el pan, el ibuprofeno y la boleta de luz.
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