Consciente de la labilidad del apoyo obtenido, Milei apuesta toda su suerte política de 2027 a lograr llegar a las elecciones con el tan mentado cero coma algo de inflación en los meses previos a la votación.
Jorge Fontevecchia
El riesgo “kuka” y el riesgo Milei siempre fueron dos caras de la misma moneda. En julio de 2025 ya titulamos una de estas columnas “El riesgo Milei”. Siempre fue evidente, desde sus épocas de candidato, que Milei era portador de una “emocionalidad intensa”, como lo describió Patricia Bullrich tras el altercado que tuvo en la última reunión de gabinete. O sea, una falta de equilibrio emocional, precisamente la condición básica que se requiere para conducir.

Pero la mayoría de la sociedad y aun una mayoría más contundente de los sectores de poder prefirieron el costo de la ruptura que hoy comienzan a replantearse, aunque por distintos motivos. Sus votantes, al constatar que no los beneficia; y los sectores de poder, que ya los benefició en todo lo que podía beneficiarlos.

Consciente de la labilidad del apoyo obtenido, Milei apuesta toda su suerte política de 2027 a lograr llegar a las elecciones con el tan mentado cero coma algo de inflación en los meses previos a la votación para que todos los efectos secundarios negativos de su política antinflacionaria (caída de la actividad, del salario, del poder de compra y del consumo) puedan pasar a segundo plano. Y para lograrlo está dispuesto a apostar el 100% de su política económica a todo o nada.

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No tendría que ser una novedad que Milei lleve adelante un plan extremista también en lo económico, es consecuente con su estilo extremo; en este caso, forzar el ancla cambiaria al máximo posible retrasando el precio del dólar como herramienta para conseguir un descenso de la inflación, en lugar de haber aprovechado el daño ya producido sobre la inflación –el pass through– de la suba del dólar a 1.500 pesos en septiembre, colaborando a mantener ese valor que hoy se acercaría a 1.800 pesos, porque de las elecciones de octubre a fin de abril la inflación en dólares fue del 19% (la reducción del precio del dólar más la inflación en pesos).

Muy probablemente, tampoco así logre llegar a una inflación mensual de cero como algo en julio de 2027 previo a las PASO o, de no haberlas, en septiembre, antes de la primera vuelta (dos meses fundamentales para el Gobierno y principal motivo del deseo de eliminar las PASO). La inflación de 2026 terminaría cerca del 30% anual, lo que equivale a un promedio del 2,2% mensual, y si en 2027 merodeara el 20%, daría un promedio del 1,5% mensual, lo mismo que ya logró en mayo de 2025. Pero, aun así, está dispuesto a arriesgarse en mayor proporción a una corrida cambiaria antes de las elecciones, lo que generaría una crisis que puede llevarse puesto su plan económico.

Lo lógico sería que el Gobierno fuera devaluando el peso progresivamente y bien antes de las elecciones para no llegar a ellas habiendo estimulado una mayor corrida cambiaria con un dólar más retrasado. Eso implica un arrastre de inflación para 2027 similar a la de este año, más cercana al 30% que al 20%.

Y se está jugando todo porque el riesgo ya no es que la inflación mensual previo a las elecciones comience con un dos delante, un tres o un cero, sino que frente a una corrida cambiaria comience con un seis delante, como le pasó a Sergio Massa en 2023. También como Sergio Massa, Milei piensa que si no gana en primera vuelta, pierde en balotaje. Esa fue la tesis del peronismo desde que tenemos segunda vuelta, porque el antiperonismo es mayor que el peronismo. Trasladada a La Libertad Avanza, el antimileísmo es mayor que el mileísmo, aunque LLA en 2027, como el PJ en 2023, pueda ser primera minoría.

El Gobierno piensa que si se llegara al invierno de 2027 sin la convicción en los mercados sobre que Javier Milei ganará en primera vuelta, el solo riesgo de derrota retroalimentará su caída, que generaría una corrida cambiaria en la que su plan de exhibir un triunfo en la baja de inflación se desmorone. El remedio para eliminar ese riesgo es simple: un acuerdo con los dos principales candidatos de la oposición sobre principios básicos macroeconómicos que tranquilicen a los mercados a los que ya nos referimos en esta columna titulada “Colaboración u obstrucción”.

Pero en la naturaleza de Milei no hay espacio para el acuerdo ni la “amistad cívica” que debería existir entre todos aquellos que tienen las máximas responsabilidades públicas. Peor aún, el cerebro de Milei está programado para obtener recompensas hormonales cuanto más se aumentan los riesgos. Se incluye a Milei junto con Trump en la categoría de “líderes neurodivergentes”, pero a pesar de que el presidente de los Estados Unidos se comporta igualmente avasallante y ejercita la “diplomacia de la coacción”, tiene freno y marcha atrás, como ya lo demostró una y otra vez y esta semana en su visita a China. La violencia de Trump es una técnica de negociación; la de Milei, resultado de un dogmatismo metafísico que lo convierte en un presidente hemipléjico.

Milei, con su inconsciente a cielo abierto, anuncia una y otra vez su tanatopolítica: “Si nos va mal, no pasa nada, nos vamos a casa y volvemos a la actividad privada”, “prefiero perder las elecciones a…”, “cuando no sea presidente, no me van a ver más el pelo”, probablemente consciente de que no podría caminar tranquilo por la calle nunca más.

Si la solución no vendrá de Milei, sino que él es parte del problema y el riesgo es Milei, la alianza entre la mayoría de los sectores de poder y una mayoría de los votantes que hizo a Milei presidente debería ahora recrearse en base a otras demandas, al elegir candidatos que, desafiando la reelección de Milei, emitan señales de que ellos no representan un riesgo de incumplimiento de los compromisos, aunque probablemente no resulte suficiente y debamos prepararnos para un invierno de 2027 taquicárdico.

Los errores son siempre pares; contener la inflación retrasando sistemáticamente el precio del dólar terminará por no contener la inflación ni el dólar cuando este recupere su precio reprimido. Para bajar el déficit fiscal se reduce el gasto público, se disminuye la actividad y se vuelve a generar déficit. El extremo de ninguna medida correcta es la solución definitiva del problema al generar otro problema posterior. Solo el equilibrio en economía es sustentable y solo el consenso en política reduce el riesgo. Equilibrio y consenso, atributos que Javier Milei carece.

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