Es prematuro hablar del fin de la experiencia libertaria, pero el rechazo a la ley de tierras dejó un aire a cambio de ciclo, a punto de inflexión o, al menos, al fin de la impunidad por medidas impopulares.
Luis Bruschtein

Múltiple derrota del gobierno en una semana: derrota masiva en Santiago del Estero, derrota fulminante por la ley de la tierra, retiro del embajador de Brasil, marcha masiva y crítica por San Cayetano, 2,9 por ciento de inflación en CABA y la imagen por el piso. El tercer año de un mal gobierno irrumpió con nubarrones, pero el síntoma fue la marcha y el rechazo a la nefasta ley de inviolabilidad del la propiedad privada. Cambio de clima.

Luis Caputo insultó a los industriales por sus críticas mínimas al gobierno porque su fuerte es la renta financiera. De producción no sabe ni le interesa. Este gobierno es un laboratorio o caso testigo del desastre que es la economía “libertaria”.

Tiene superávit en la balanza comercial (por el Vaca Muerta del kirchnerismo y una cosecha récord), déficit cero (porque no hace nada ni paga nada), y el dólar pisado, ofrece condiciones de remate del país a la inversión extranjera con el RIGI y el Súper Rigi, más la baja de impuestos a los ricos y así una larga lista.

Pero la economía se achicó, cayó el consumo, aumentó la pobreza, cerraron fábricas y comercios, cientos de miles perdieron sus trabajos, no controló la inflación, tiene inversión extranjera negativa (se van más de los que entran), se derrumbó la recaudación, destruyó la infraestructura vial y ferroviaria, pulverizó el salario y precarizó el trabajo, la salud y la educación pública y se puede seguir con la lista.

La experiencia argentina ha sido la de un enorme sacrificio para quedar peor de lo que estaba. El fruto de ese esfuerzo se fue para el bolsillo de unos pocos del sector energético y de las finanzas.

Un fracaso rotundo de la mano de aventureros que propusieron liberar la venta de tierras a extranjeros cuando el senador Joaquín Benegas Lynch había montado una inmobiliaria para beneficiarse de esa estafa a la soberanía; impulsaron una ley de “inocencia fiscal” con dos legisladores —José Luis Espert y Lorena Villaverde— involucrados con un acusado de ser el lavador del cartel de Sinaloa, Freddy Machado. Y promovieron una criptomoneda que derivó en una estafa de 200 millones de dólares, al tiempo que en una cuenta que se usaba para pagarle al presidente Javier Milei se depositaban cinco millones de dólares. Para bajar el gasto quitaron el apoyo a los discapacitados, pero coimeaban a los laboratorios por los remedios que les compraban.

Gran parte de la sociedad soportó una humillación tras otra. Sin embargo, el que los insultó y los humilló, ganó las elecciones de medio término. Los sociólogos han explicado de mil maneras este fenómeno de automutilación masiva. Pero ninguna explicación libera de la vergüenza.

Esta semana, los santiagueños demostraron con su voto que para ellos se acabaron los libertarios. Fue ínfima la cantidad de votos que obtuvieron. En esa provincia Javier Milei había sacado más del 30 por ciento. Esta semana, de 194 concejales, los libertarios apenas sacaron 3.

Fue la previa a la convocatoria para rechazar la ley de extranjerización de la tierra. El gobierno no lo vio venir. La estrategia de comprar los votos de gobernadores que habían sido votados para ser oposición y sumarlos a los suyos, a los del radicalismo y el PRO le había permitido aprobar leyes como la Ley Bases o la Reforma Laboral que supuestamente afectaban en forma más directa a la gente en las ciudades. Pensaron que, a lo sumo, habría protestas de pequeños grupos de pueblos originarios y ambientalistas.

En la historia argentina reciente la sensibilidad popular se despertó por medidas inesperadas. El Cordobazo fue por la quita de un plus a los trabajadores; el 19 y 20 de diciembre, por el corralito a los ahorros. El banderazo de la selección nacional en el partido con el seleccionado inglés cruzó los cables del deporte y el orgullo nacional, y apareció la pancarta casera de “Las Malvinas son Argentinas” Hubo cortocircuito entre lo emotivo y lo político y la sociedad se abrió a un despertar del orgullo nacional.

La convocatoria se masificó, sobre todo entre los artistas jóvenes que perforaron el horizonte oscuro que les planteó a las nuevas generaciones este gobierno y esta nueva sociedad de la incertidumbre y la desconfianza. El acto fue impresionante. Muchos pibes nuevos en estas lides. El frío y la tormenta habrán desanimado a los más grandes, pero a ellos les dio épica, una idea del esfuerzo con sentido de comunidad. Las marchas fueron multitudinarias en todos el país. La presencia de Axel Kicillof en el acto porteño, con el peso que implica la presencia del gobernador de la provincia más poblada del país, lo instaló con mucha claridad como la contracara del oficialismo.

Por sus características, el acto tuvo una carga simbólica. La gente se convirtió en pueblo con un sentido de país y de pueblo soberano: un sentido de Nación, no por odio al extranjero, sino por respeto a sus derechos. Fue a defender contra viento y marea, un reclamo de soberanía. Del otro lado, en el Congreso, la represión estaba preparada para hacer una sobreactuación con los que tiraron las primeras piedras en Rivadavia y Callao. Los manifestantes, que estaban en una actitud pacífica, se apartaron del grupo que había comenzado a tirar piedras, pero cuando vieron la violencia desproporcionada de la represión, a partir de allí defendieron su derecho a manifestarse.

Miles de policías de la Federal y porteños, más decenas de prefectos repartieron palos y gases a diestra y siniestra y no pudieron despejar la zona sino hasta cinco horas más tarde. Tiraron gases y balas de goma a los vecinos que aplaudían a la gente desde los balcones y muchos se refugiaron en los bares donde los mozos no dejaron entrar a los represores que los perseguían.

Si en la simbología de ese enfrentamjento, los manifestantes encarnaban la defensa de la tierra, los represores hicieron las veces de ejército de ocupación: Estaban defendiendo el remate indiscriminado del territorio a extranjeros. Cuando los senadores votaron, ya no había gente en la plaza de los dos Congresos. Pero el acto fue un éxito porque tuvieron que sacar varios capítulos al proyecto. Fue una derrota tan fuerte en la calle y en el parlamento, como la de Santiago del Estero en las urnas.

La disputa con Brasil marcó otra derrota para el gobierno. Milei fue a buscarla porque pensó capitalizar con favores de Donald Trump o con un supuesto liderazgo en la ultraderecha de la región. Brasil y China son los dos socios comerciales más importantes del país. Estados Unidos está en tercer lugar, aunque es el primer socio financiero. Pero el comercio con Brasil es el que genera más trabajo y muchos de los acuerdos, como el del área automotriz, son producto de acuerdos entre los gobiernos.

Patricia Bullrich, que aspira a reemplazar a Milei en la Rosada, rogó a Lula que no retire a su embajador, porque el gobierno argentino “no mezcla la política con los negocios”, como si el gobierno de Brasil mezclara ambas cuestiones. Es al revés, los que no mezclan negocios y relaciones con la política interna de otros países han sido gobiernos como los de Lula. Por eso Lula evitó intervenir en la política interna de Argentina. El que mezcló todo fue Milei que ideologizó la política exterior. A todo esto, el canciller Pablo Quirno está de muestra, siempre llega tarde y nunca sabe qué pasó, todavía está esperando el colectivo.

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